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SALOMÉ

Narraboth, capitán de los guardias de Herodes, nota que Salomé, la hijastra de Herodes, se ve muy hermosa esta noche en particular. El paje de Herodías contempla la luna, que según él parece una mujer que se levanta de una tumba. Se oye una voz que pronostica le llegada de uno que hará ver a los ciegos y oír a los sordos. Cuando un capadocio pregunta de quién es la voz, dos soldados le informan que es la voz de Jokanaan el profeta (Juan el Bautista). Herodes tiene prohibido a todos en el palacio mirar a Jokanaan. Salomé sale apresuradamente de la fiesta de Herodes. Anhela escaparse de su padrastro el Tetrarca, cuyas atenciones le sorprenden y le resultan desagradables. La muchacha oye la voz de Jokanaan y se entera que es un joven de Palestina. Convence al susceptible Narraboth en traer a Jokanaan desde donde está encarcelado para hablar con ella. El paje vaticina terribles consecuencias si esto ocurre, pero Narraboth está completamente seducido por Salomé y da la orden.

Cuando emerge Jokanaan, sus primeras palabras son para denunciar a Herodes y su esposa, Herodías. Salomé se siente inmediatamente cautivada por Jokanaan, pero cuando se identifica como la hija de Herodías, el profeta la rechaza. Salomé describe el cuerpo de Jokanaan con pasión y Narraboth la observa horrorizado. Jokanaan declara que fueron las mujeres quienes trajeron el mal al mundo, y Salomé reacciona cambiando de opinión. Su cuerpo ahora es feo— es su cabello lo que ella considera glorioso. Jokanaan le advierte a la muchacha que no lo toque. Ahora Salomé rechaza el cabello del profeta y prefiere alabar la belleza de su boca. Incapaz de escuchar más, Narraboth se apuñala y cae muerto a los pies de Salomé.

Ajena a lo que le pasa a Narraboth, ella exige un beso de Jokanaan, pero él la maldice y regresa a su prisión. Herodes nota el raro aspecto de la luna. De repente, se resbala en la sangre de Narraboth. Al recordar que alguna vez vio al joven mirar con deseo a Salomé, ordena bruscamente que retiren el cuerpo. Ahora Herodes siente frío y parece oír el batir de enormes alas. Herodías exclama que él está enfermo y sugiere que regresen a la fiesta.

Aunque Herodías está enfadada por la manera en que su esposo mira a su hija, Herodes suplica a Salomé que lo acompañe en beber un vaso de vino y comer unas frutas. Ella se niega; dice no tener ni hambre ni sed. La voz de Jokanaan en la prisión despierta la furia de Herodías, quien siente que el profeta la está insultando. Ella reprende a su esposo por permitir que Jokanaan lo intimide. Herodes niega está acusación y sin darse cuenta genera un debate entre un grupo de judíos sobre quién fue el último profeta que vio a Dios. Se unen dos nazarenos proclamando la llegada de un mesías que ha provocado milagros, incluyendo la resuscitación de los muertos. Esto conmociona a Herodes y su terror aumenta cuando oye a Jokanaan pronosticar un inminente Día de Ira.

Para despejar su mente de estos pensamientos oscuros, Herodes le suplica a Salomé que baile para él, y promete darle lo que ella quiera como recompensa. A pesar de la oposición de su madre, Salomé se prepara para la danza. Mientras espera, Herodes siente el batir de las alas de la muerte y vuelve a sentir frío y que le falta el aire. Se recupera cuando Salomé comienza a bailar.

Cuando termina, Herodes, extasiado, le pregunta a Salomé qué desea como premio por haber bailado. Ella dulcemente pide la cabeza de Jokanaan sobre una bandeja de plata, elección que Herodías aprueba sin reparos. Horrorizado, Herodes le ofrece a Salomé todo lo que se le ocurre -- su bella esmeralda, sus pavos reales blancos, su colección de joyas preciosas y, para el horror de los judíos, hasta el velo que cuelga en el santuario sagrado. Salomé exige repetidamente la cabeza de Jokanaan hasta que el exhausto Herodes ordena que se le conceda su deseo. El Tetrarca murmura indignado que la muchacha es, sin duda, la hija de su madre.

Salomé se desespera por saber que le ejecución se ha llevado a cabo. El silencio le preocupa, y se pregunta si el verdugo, Naaman, tendrá la fortaleza necesaria para cumplir la orden. Ella acaba de ordenar a Herodes que envíe a sus soldados a la prisión cuando de repente aparece el brazo del verdugo sosteniendo la cabeza de Jokanaan. Salomé exclama que, si bien él se negó a dejarla besar su boca, ahora lo hará como si fuera un fruto maduro. Le sorprende que sus ojos, alguna vez tan enfurecidos, ahora están cerrados. Se pregunta si él le teme a ella. Recordando que alguna vez él la había reprobado, Salomé grita triunfalmente que ella aún vive y que su cabeza le pertenece a ella. Recuerda la belleza del cuerpo de Jokanaan y lo reprende por nunca haberla mirado; está segura que él la hubiera amado.

Herodes, quien ha observado a Salomé con creciente repulsión, le dice a su esposa que su hija es un monstruo. El Tetrarca desea ir adentro, pero Herodías está fascinada y prefiere seguir observando a Salomé. La luna desaparece gradualmente; Herodes teme que algo terrible está por pasar y ordena que se apaguen las antorchas. Se oye la voz de Salomé en la oscuridad murmurando a Jokanaan que ella finalmente besó su boca. Herodes se siente repugnado y asqueado, y sabe que Salomé no puede vivir.

Translation: Ana Cecilia Martinez