Ramfis, el alto sacerdote egipcio, informa al joven oficial Radamés que los etíopes han vuelto a declarar la guerra, y que un general ha sido elegido para comandar las fuerzas en contra de ellos. Al quedarse solo, Radamés contempla la situación y secretamente espera haber sido nombrado general. También espera algún día casarse con la bella esclava etíope, Aída, y con llevarla de regreso a su patria.
Amneris, hija del Faraón, también ama a Radamés. Al encontrarlo solo, le insinúa sus sentimientos. Cuando llega Aída y se une a ellos, a Amneris le invaden los celos. Entran Ramfis, el Faraón y toda la corte. Escuchan un informe alarmante transmitido por un mensajero: Ya están invadiendo los etíopes, liderados por un feroz guerrero de nombre Amonasro. El Faraón anuncia que Radamés ha sido elegido comandante de los egipcios en el campo de batalla, y llama a todos los egipcios a defender el sagrado valle del Nilo. Amneris se vuelve hacia Radamés y le ordena regresar victorioso.
Aída se queda sola. Repite las palabras de Amneris con ironía, y ruega por la seguridad de su padre, Amonasro. Entiende que la victoria del padre significaría la derrota para su amado Radamés, y ruega a los dioses tener piedad sobre ella.
Los sacerdotes están reunidos en la ceremonia de unción de Radamés, general de los ejércitos egipcios. Las sacerdotisas cantan una plegaria e interpretan una danza ritual frente al altar. Ramfis presenta una espada a Radamés y entona una solemne oración por la protección de la sagrada tierra egipcia. Radamés se une a la plegaria con los demás sacerdotes y la ceremonia culmina con la invocación al dios egipcio, el todopoderoso Ptah.
Las esclavas de Amneris se ocupan de su tocado mientras elogian a Radamés, ya que éste ha conducido a los ejércitos egipcios a la victoria. Entra Aída. Amneris finge sentir compasión por la muchacha porque su pueblo ha sido derrotado, pero su verdadero propósito es descubrir los sentimientos de Aída hacia Radamés. Amneris anuncia la muerte de Radamés en el campo de batalla, y el grito de angustia lanzado por Aída confirma la sospecha de Amneris. Amenaza a la esclava, y le anuncia que Radamés está, en realidad, vivo. El grito de “¡Gracias a Dios!” por parte de Aída deja en descubierto la rivalidad entre ambas. La esclava le implora tener piedad, pero la Princesa responde con implacable amargura. De repente, les interrumpe el sonido de trompetas y un coro triunfal. Amneris ordena a Aída seguirla a las ceremonias que celebran el triunfo. Se retira con paso soberbio mientras Aída repite tristes plegarias.
Sobre una agran avenida en la entrada de la ciudad, las multitudes se reúnen alrededor del trono. El Faraón se sube al trono, con su hija a su lado. La gran Marcha Triunfal recibe al héroe Radamés. Cuando el Faraón le ofrece la recompensa que quiera, Radamés pide que los prisioneros sean dejados en libertad. Aparece una miserable banda de etíopes, encabezados por su rey, Amonasro. Con un susurro, logra pedir a Aída que no revele su verdadera identidad. Cuando se le exige hablar, dice que Amonasro ha muerto, y que él es un simple guerrero. Con gran dignidad, el hombre ruega se le tenga piedad. Los sacerdotes se niegan, pero Radamés y el pueblo suplican por los prisioneros. Se llega a un acuerdo: serán liberados todos menos Amonasro y Aída, quienes permanecerán como rehenes. Luego el Rey anuncia que para premiar a Radamés, éste se casará con la Princesa. Amneris se retira con Radamés, dejando a Aída sumida en llanto.
En vísperas de la boda de Amneris y Radamés, la Princesa debe rezar. Llega Aída para concretar un último encuentro con su amante. Después de despedirse de él, se suicidará arrojándose al Nilo. Canta con nostalgia por su tierra natal. Antes de llegar su amante, Amonasro la encuentra y exige saber dónde estarán las tropas egipcias para poder atacarlas con su ejército reconstituido. Aída debe obtener esta información de su amante. Aída retrocede, horrorizada, pero consiente cuando Amonasro la convence al describir las graves consecuencias para su pueblo en caso de sufrir una derrota. Al acercarse Radamés, Amonasro se esconde. Los amantes se saludan eufóricamente. Radamés espera que la batalla pendiente postergue su boda con Amneris. Aída le suplica que desierte, pero Radamés se niega a convertirse en traidor. Ella lo rechaza; le dice que se case con Amneris y que se olvide de ella. Finalmente, Radamés decide escaparse con ella y le avisa dónde están ubicados los soldados para poder eludirlos. Amonasro ha estado esperando. Su repentina aparición horroriza a Radamés. Amonasro intenta llevarse arrastrado al joven soldado. De repente, emergen del templo Amneris y el sacerdote. Se escapan Amonasro y Aída. Radamés, desilusionado, se niega a escapar con ellos y, con un gesto dramático, se rinde al sacerdote.
Radamés debe ser juzgado por traición. Amneris espera cerca y exige que aparezca. Al acercarse, Amneris suplica que le permitan salvarlo; sólo pide que Radamés renuncie a Aída y se case con ella. Aun al enterarse que Aída se ha escapado y que han matado a Amonasro, Radamés rechaza su oferta al darse cuenta que no puede vivir sin Aída. Se lo llevan los guardias. Mientras los sacerdotes cantan solemnemente y desfilan hacia la sala donde se llevará a cabo el juicio, Amneris lo injuria a él y a sí misma. Sus celos, dice, causarán la muerte a su amado. Comienza el juicio. A Radamés se le acusa de desertar las tropas antes de la batalla, de traicionar a su país, a su rey y a su honor. Aunque se le pide que presente su defensa, no lo hace. Se pronuncia, entonces, su sentencia: será enterrado vivo debajo del altar del dios al cual ha faltado el honor. Al retirarse los sacerdotes, Amneris, angustiada, los maldice. Los sacerdotes permanecen impasibles. El remordimiento y la frustración convulsionan a Amneris al ver que llevan a Radamés a su tumba, que después cierran.
Radamés espera su muerte. Pronuncia el deseo de que Aída sea feliz y nunca se entere de su destino. Un momento después, se acerca una figura; es Aída. Al enterarse de la sentencia de Radamés, logra entrar a la tumba y espera morir con él. Con un grito de angustia Radamés intenta levantar la pesada piedra, ya que no puede soportar la idea de la muerte de Aída, pero la muerte ya se le acerca a su amada. Juntos cantan un último adios a la tierra. Amneris se arrodilla sobre la tumba y reza por la paz mientras cae el telón.