El pueblo de Pekín escucha a un mandarín recitar un decreto: aquel príncipe que busque casarse con la princesa Turandot debe responder correctamente a tres acertijos; de fracasar, morirá. Su pretendiente más reciente, el príncipe de Persia, ha fallado y será ejecutado al salir la luna. La gente acude al acto y todos animan al verdugo; en medio de la multitud, un anciano cae al suelo y Liù, la muchacha esclava que lo guía, grita pidiendo ayuda. Acude un muchacho y éste reconoce al anciano: es su padre, Timur, el vencido rey de los tártaros. Cuando el anciano cuenta a su hijo, el príncipe Calaf, que sólo Liù le ha permanecido fiel, el joven le pregunta por qué. La muchacha responde que es porque un día, mucho tiempo atrás, Calaf le sonrió. Persiste el clamor de la multitud, pero cuando la luna emerge, todos caen en un silencio repentino y aterrador. El pretendiente condenado camina hacia su ejecución, rogando a los espectadores que pidan a la princesa que no le quite la vida. Aparece Turandot y, con gesto despectivo, ordena que se prosiga con la ejecución. La multitud oye un grito de muerte a la distancia. Al ver a la princesa, Calaf queda impactado por su belleza y decide conquistar su corazón. Da unos pasos hacia el gong que anuncia la llegada de un nuevo pretendiente. Ping, Pang y Pong, los ministros de Turandot, tratan de disuadir al joven, siendo sus advertencias reforzadas por las súplicas de Timur y la llorosa Liù. A pesar de sus ruegos, Calaf hace sonar el fatídico gong y pronuncia el nombre de Turandot.
El anciano Emperador Altoum, sentado en su alto trono en el Palacio Imperial, pide en vano que Calaf renuncie a su propósito. Entra Turandot y cuenta la historia de una de sus antepasados, la princesa Lou-Ling, quien fue brutalmente asesinada por un príncipe conquistador. Para vengarse, Turandot se ha vuelto en contra de todos los hombres y ha determinado que ninguno la poseerá jamás. Ella plantea su primera pregunta: “¿Qué nace cada noche y muere en cada amanecer?” “La esperanza”, responde correctamente Calaf. Sin preocuparse, sigue Turandot: “¿Qué flamea rojo y cálido como una llama, pero sin ser fuego?” “La sangre”, responde Calaf después de una pausa. Turbada, Turandot formula su tercera pregunta: “¿Qué es como el hielo pero quema?” Un silencio tenso se impone hasta que Calaf grita triunfalmente, “¡Turandot!” La gente se regocija y la princesa ruega en vano a su padre que no la abandone a un desconocido. Calaf le propone generosamente a Turandot un acertijo para resolver: Si ella descubre el nombre de él antes del alba, él entregará su vida.
En un jardín del palacio, Calaf escucha una proclamación: Nadie en Pekín dormirá hasta que Turandot se entere del nombre del extranjero; de lo contrario, se aplicará la pena de muerte. El príncipe medita acerca de su inminente alegría pero Ping, Pang y Pong intentan sin éxito convencerlo de que se marche. Mientras la muchedumbre, temerosa, amenaza con dagas a Calaf para que éste revele su nombre, unos soldados traen arrastrados a Liù y Timur. Horrorizado, Calaf trata de convencer a la gente que ninguno de los dos conoce su nombre. Cuando aparece Turandot y ordena hablar al aturdido Timur, Liù grita que sólo ella conoce la identidad del extranjero. Torturan a la esclava, pero Liù permanece callada. A Turandot le impresiona la integridad de la muchacha y le pregunta cuál es el secreto de su fuerza interior. “El amor”, responde la muchacha. Cuando la princesa ordena a los soldados intensificar la tortura, Liù arrebata una daga a uno de ellos y se suicida. Timur, sufriendo, se retira con la multitud junto al cuerpo de la muchacha que es traladado a otro sitio. Turandot se queda sola para enfrentar a Calaf, quien la toma en sus brazos y la besa a la fuerza. Turandot llora al sentir por primera vez la pasión física. El príncipe, seguro ahora de su victoria, le revela su nombre.
Mientras la muchedumbre aclama al Emperador, Turandot se acerca al trono y anuncia que el nombre del extranjero es “Amor”.
Translation by Ana C. Martínez